115 suicidios han sido reportados en BCS del 2023 a la fecha

Columna del Mtro. José Luis Cortés Méndez.

Los Cabos, Baja California Sur.- Cuando anochece en Los Cabos y el viento marino barre la calidez del día, se enciende otra urgencia que pocas veces asoma en los paseos turísticos: la de chicos y chicas cargados de angustia, sin redes de apoyo. En los últimos años, la península de Baja California Sur —tesoro de playas y paraíso vacacional— acumula cifras que delatan una herida escondida. Entre 2023 y la fecha, autoridades estatales reportaron al menos 115 suicidios, un indicador alarmante que invita a mirar de cerca cómo el aislamiento geográfico, la carencia de servicios adecuados y la vulnerabilidad emocional golpean sobre todo a la juventud.

Para muchas familias en Los Cabos, la noticia llega como un golpe seco. Un joven que parecía optimista, una mirada que escondía fatiga, un cuerpo que decidió callar para siempre. Las estadísticas no detallan rostros, pero sí patrones: en México, el suicidio es la tercera causa de muerte entre personas de 15 a 29 años, una tendencia que ha crecido de manera sostenida durante las últimas décadas.

Aunque no existen datos públicos lo suficientemente desagregados para determinar con precisión cuántos de esos casos ocurrieron específicamente en Los Cabos, el comportamiento estatal preocupa. Baja California Sur ha registrado durante los recientes años tasas cercanas a 8 suicidios por cada 100 mil habitantes, colocándose entre las cifras más altas del país. En un territorio que suele imaginarse alegre y expansivo, la realidad mental de su juventud está siendo golpeada por silencios prolongados.

Hablar de estadísticas es indispensable, pero solo adquieren peso cuando se traducen en historias interrumpidas, en alertas que nadie escuchó, en redes de contención que no llegaron. En muchas comunidades costeras o rurales del estado, el acceso a servicios especializados es muy limitado. De forma reiterada, organizaciones y especialistas han señalado que en buena parte del país —incluido Baja California Sur— las plazas de psiquiatras y psicólogos clínicos en el sector público son insuficientes, lo que genera tiempos de espera prolongados y nulas alternativas de atención inmediata para jóvenes en crisis.

Ese vacío se vuelve más profundo cuando se mezcla con geografía. Vivir “al final del mapa” tiene belleza, pero también consecuencias: la distancia entre localidades, la falta de transporte público confiable, la concentración de servicios en zonas turísticas y la dificultad para acceder a atención de emergencia crean un caldo de cultivo para que la desesperación crezca silenciosamente. En Los Cabos, donde miles de jóvenes trabajan en empleos estacionales o rotativos, la presión económica, la inestabilidad laboral y la falta de redes familiares cercanas pueden magnificarse hasta volverse insoportables.

A nivel nacional las cifras no son halagüeñas, estudios recientes sobre salud mental en adolescentes muestran cifras que deberían alarmar a todos: alrededor del 15 % ha experimentado ideación suicida y los intentos han aumentado de forma sostenida. Esas cifras no se quedan en papel; resuenan en cada testimonio de maestros que ven a sus estudiantes retraerse, de madres que notan un brillo distinto en los ojos de sus hijos, de trabajadores comunitarios que describen a jóvenes “agotados antes de tiempo”.

En Baja California Sur, esa realidad se vuelve aún más urgente. No es lo mismo un indicador nacional que un muchacho caminando solo por la playa al atardecer, convencido de que nadie lo escucha. No es lo mismo una comunidad turística vibrante que la sensación de no pertenecer, de vivir fuera de temporada, de no encontrar un espacio seguro para decir “no estoy bien”.

Frente a esto, exigimos —y necesitamos— algo más que diagnósticos. Hacen falta líneas de emergencia psicológica 24/7, brigadas comunitarias de detección temprana, programas escolares que enseñen a pedir ayuda, clínicas móviles que lleguen a zonas apartadas, atención especializada a sobrevivientes de intento suicida, alternativas laborales más estables y espacios juveniles que ofrezcan pertenencia real. También se requiere desmontar estigmas: hablar de salud mental no es sinónimo de debilidad, pedir ayuda no es rendirse, escuchar puede salvar.

Porque detrás del brillo del mar y el resplandor de los resorts, hay vidas jóvenes que tiemblan. Y aunque las cifras no dicen sus nombres, la urgencia se siente en cada historia que no alcanzó a contarse completa. Prevenir el suicidio no es solo un asunto institucional: es un acto colectivo de empatía, de comunidad y de presencia. En los caminos ásperos del alma, nadie debería caminar solo.

Reflexión final: La salud mental no es un lujo ni un tema secundario; es el suelo mismo sobre el que se sostiene la vida. Donde la geografía separa, la comunidad debe unir. Donde el silencio pesa, la palabra debe abrir caminos.

Porque mientras haya una voz que escuche y una mano que sostenga, la oscuridad nunca tendrá la última palabra.

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